Soportando con paciencia los defectos de nuestros prójimos

Soportando con paciencia. «Soportándos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros. Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto». Colosenses 3:13

Para aquellos que anhelan ser del todo para el Señor, uno de los consejos prácticos más importante es este: Que debemos soportar con entera mansedumbre y paciencia los defectos y flaquezas de nuestros prójimos; el no hacerlo necesariamente nos envuelve en continuas perturbaciones y molestias.

Porque así lo requiere la doctrina de la fe. Esa doctrina no admite excepciones ni distinciones.

Porque así lo requiere la doctrina de la fe. Esa doctrina no admite excepciones ni distinciones.

Primero: Porque así lo requiere la doctrina de la fe. Esa doctrina no admite excepciones ni distinciones. No podemos tener fe aceptable en Dios si no la tenemos en todo el alcance de lo que Él se declara de ser, y de lo que Él es. Hemos dicho antes, que la fe coloca a Dios como presente en todas las cosas que suceden; y que todo está bajo la dirección de Él. De manera que el hombre de fe reconoce que todo lo que sucede, salvo sólo el pecado, es la expresión de su voluntad. La doctrina de la fe, pues, nos hace creer que por fines buenos y sabios, Dios permite cuando menos, si no causa directamente, las flaquezas y debilidades humanas. Debemos soportarlos con paciencia.

Segundo: Porque en sus resultados sobre nosotros evidentemente sirve para nuestra purificación. Es muy claramente una parte del plan de Dios de purificar a su pueblo por medio de las varias cruces o pruebas a que los sujeta. No tenemos libertad para hacer nuestras propias cruces, pero hemos de recibir y soportar con buen espíritu y con alma aquellas que nos lleguen por la divina providencia. Las flaquezas de los hombres, los muchos y molestosos defectos de todos los que nos rodean, son una cruz que la divina providencia nos impone a cada paso de nuestro camino en la vida. El tener que soportar estas pruebas, es una aflicción, muchas veces una aflicción muy pesada. Pero tiene un poder purificador. Da un golpe a nuestro amor propio. Nos hace crecer en la gracia.

Debemos soportar estas pruebas con mansedumbre, con paciencia, porque el proceder de otra manera sirve solamente para aumentar en lugar de disminuir nuestra aflicción.

Debemos soportar estas pruebas con mansedumbre, con paciencia, porque el proceder de otra manera sirve solamente para aumentar en lugar de disminuir nuestra aflicción.

Tercero: Debemos soportar estas pruebas con mansedumbre, con paciencia, porque el proceder de otra manera sirve solamente para aumentar en lugar de disminuir nuestra aflicción. El incomodarnos e impacientarnos, es añadir una aflicción interior a la que había venido externamente; y esto con mucho daño en otros respectos, sin ganancia ninguna. El dar lugar a un espíritu quejoso, sea por las flaquezas de otros, o por otra causa cualquiera, tiende a debilitar la fe, endurecer el corazón, y separarnos eficazmente de Dios. Por el contrario, el que con valor lleva su cruz, por pesada que sea muchas veces, experimenta un sostén interior que es muy consolador y que hace verdaderamente fácil el yugo de esta tentación y ligera su carga.

Cuarto: Es claramente la voluntad de Dios que suframos estas aflicciones en grado mayor o menor en esta vida presente. Dice el Salvador: «En el mundo tendréis aflicción…» (San Juan 16:33).  Cristo mismo era «varón de dolores» (Isaías 53:3); y a Dios le place, por razones misteriosas, pero sabias, que los discípulos de Cristo también experimenten la amargura del dolor. Y una de las formas de dolor a que estamos sujetos aquí, es la pena que con frecuencia y necesidad experimentamos en conexión con imperfecciones de nuestros prójimos.

Y una de las formas de dolor a que estamos sujetos aquí, es la pena que con frecuencia y necesidad experimentamos en conexión con imperfecciones de nuestros prójimos.

Y una de las formas de dolor a que estamos sujetos aquí, es la pena que con frecuencia y necesidad experimentamos en conexión con imperfecciones de nuestros prójimos.

A Dios le ha placido que en esta manera se nos recordara de nuestra condición caída; Él lo ve como cosa que obra en nuestro bienestar. Como no hay ninguna cosa tan deseable y gloriosa como el estar perfectamente en la voluntad de Dios, debemos estar, no tan sólo resignados, sino aun felices en experimentar cualquier aflicción, sabiendo que viene de la mano de Aquel que hace todo bien. Nos será una ayuda en algún grado si siempre nos acordamos (olvidar) que las aflicciones que vienen por otros, como son celos, calumnias que somos propensos y varias persecuciones, distancias, etc., nos son enviadas por nuestro Padre celestial, lo mismo que las pruebas físicas que nos vienen.

Con frecuencia, cristianos han experimentado el provecho práctico de esta importante verdad. Cuando consideraban que habían sido calumniados o dañados por otro, en cuanto reconocían en sus meditaciones que la mano de Dios estaba en el asunto, se han sentido poseídos de una dulce paz y resignación que hacía que aún el sufrimiento era un deleite. Y otro resultado muy benéfico de esta importante manera de ver, es que les hace mirar con benignidad y consideración aún a aquellas mismas personas que han sido causantes de su aflicción. Así debe la mente, tanto en los sufrimientos como en el gozo, y en toda clase de sufrimiento como en toda clase de gozo, subirse arriba de la criatura y unirse con Dios.

Personas que son verdaderamente santas, pueden a veces pensar y obrar de manera que nos parezcan malas

Personas que son verdaderamente santas, pueden a veces pensar y obrar de manera que nos parezcan malas

Queremos hacer notar que todo esto tiene referencia a las aflicciones que nos vienen por las flaquezas de los que son avanzados en la religión, los buenos cristianos, lo mismo como las que nos vienen de cualquiera otra fuente. Personas que son verdaderamente santas, pueden a veces pensar y obrar de manera que nos parezcan malas, y puedan mostrar, no obstante la pureza de amor en su corazón, errores de juicio e imperfecciones, de manera que sean muy difíciles de soportar, aun para aquellos que tienen «una fe igualmente preciosa» (2′ de Pedro 1:1).

Naturalmente, esperamos mucho más de aquellos que de otros, y por esa causa somos mucho más contrariados si, a pesar de su santidad y libertad de pecado intencional, no les acompaña una manifiesta perfección de criterio, de expresión y de manera. Pero tenemos que aprender a soportar las pruebas que vengan de esta causa también, acordándonos que la perfección absoluta sólo existe en el otro mundo, aunque podemos esperar que haya casos de santidad aún en la tierra. Si no aceptamos esto como verdad, seremos propensos a dudar de las profesiones y esperanzas de otros, lo que sería un gran daño a ellos y aun a nosotros mismos.

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